La politicidad en Hanna Arendt
a través del concepto de natalidad
En
este ensayo voy a plantear algunas
ideas sobre la politicidad del ser social a través
del concepto de natalidad de Hanna Arendt. Si bien esta categoría no fue central en el curso, ni en la lectura que
revisamos, me permito utilizarla para tratar
de hilar la idea de politicidad como condición de transformación frente a la concreción económica
como sinónimo de lo político.
Vamos a entender esta categoría
como la capacidad creadora del ser humano como ser social para transformarse y transformar
el mundo de la vida como condición de lo humano.
Siguiendo
a Arendt –y como revisamos en el curso- “la condición humana” es la búsqueda del zoon
politikon, lo que está contenido en esta definición es
la escisión entre una “parte animal”
y una “parte humana” lo que es explicado por Arendt, a partir de la categoría de “labor”, relacionada con los procesos
biológicos del cuerpo y, por otro, en las categorías
de “trabajo” y “acción”, que conjuntamente crean el
mundo humano. Cabe destacar que acción constituye la trama de los asuntos humanos,
el carácter específicamente político de su vida.
Labor es una actividad que constituye la condición humana, es
la más natural y menos mundana, está
directamente ligada con las necesidades biológicas, pero al tiempo es una actividad encaminada a
mantener la vida a través del consumo. Para
Arendt labor y consumo “(…) no son más que dos etapas del siempre
repetido ciclo de la vida biológica. Este ciclo requiere
que lo sustente el consumo,
y la actividad que proporcionan los medios de consumo es la labor” (Arendt, 1993). Labor es considerado como el derecho más importante
a la vida, ya que su ejecución está ligada al
progreso de la propia vida.
Para Arendt labor como actividad humana en la época moderna
hace de la abundancia un hecho
ideal, importante en sí mismo, pero que no proporciona permanencia en la vida del mundo y no es garante
del gozo de la libertad.
Menciona que si la vida pública dirigiera
solo los objetivos a la labor,
no sería
posible
el mundo de los hombres, pues toda actividad estaría destinada hacia el consumo
o la obtención de medios para la subsistencia.
Otra
categoría importante dentro de la condición humana es el “Trabajo” como representación del artificio humano,
pues este produce
los artículos de uso cotidiano. Su función es estabilizar la
vida humana, pues lo que produce no se agota
rápidamente, sino su desgaste es más lento. La función del trabajo es vista por Arendt como la producción del mundo a
través del “hommo faber”, y este visto como el artífice de su mundo, pues lo
produce de manera distinta a como lo encuentra
naturalmente. La diferencia entre labor y trabajo es que en la
primer es un ciclo siempre
repetido en naturaleza y poco se requiere involucrar el pensamiento, mientras
que en la segunda el “hommo faber” es dueño de su pensamiento,
pues involucra en la realización un objeto concebido, darle forma y pensarlo como producto final. Así la
creatividad es una de las constantes que estructuran el concepto de trabajo para Arendt.
Así acción va a tener un doble
sentido, por una parte es referida a la práctica
y por otro la acción
política; por tanto nacer y el morir son vistas como categorías políticas. Nacer es debe entenderse como
posibilidad de acción sobre el mundo, “El hecho decisivo definitorio del hombre como
ser consciente, como ser que recuerda,
es el nacimiento o la “natalidad”, o sea, el hecho de que hemos entrado al mundo
por el nacimiento” (Arendt, 2001).
Nacer
(como humanidad) es ya una capacidad humana, un comienzo que solo puede estar posibilitado por la libertad,
de esta manera se trasciende lo finito de lo
humano lo cual se deposita en la condición política de la humanidad, la
cual permite cierta trascendencia en
la pervivencia del poder, como forma de mantener organizado y
cohesionado como organización política.
La
condición política implica un libre actuar que permite al humano transformar el mundo y por ende la experiencia, “es decir, de vivir como ser distinto y único
entre iguales” (Arendt, 1993), esto se debe entender como un sentido de permanencia que integra la vida y a la muerte en la historia y es precisamente en la condición
política donde la humanidad se configura intemporalmente, tanto entre los recién llegados, como con los que
están y con los que no están.
Hanna Arendt se pregunta ¿Qué es la vida? Y
para responderla la deriva del concepto de amor en San Agustín,
como un amor al prójimo,
al mundo, lo que va a sentar las bases de su pensamiento
filosófico político. Para Arendt la filosofía en occidente tiene como preocupación el morir, el ser siempre es
una forma arrojada a la muerte.
Resaltar el pasado y la fuerza del presente va a ser la condición necesaria
para hablar de la
pertenencia del individuo en comunidad.
Promesa
y perdón son categorías que trabaja
Arendt a partir de San Agustín, las cuales
van a estar presentes en su pensamiento político constantemente. La vida que surge con la natalidad no es otra cosa
que la otredad, que desde la lectura Arendtiana
es una vida nueva, un ser para los
demás, un igual con el que se puede
integrar comunidad. Acción y nuevos
comienzos a pesar de acontecer en una
trama ya existente, son siempre nuevos procesos que se suceden y tratan de permanecer en el tiempo. La acción tiene su origen en el comienzo,
es la forma activa donde se concreta
el carácter específico del propio agente a través de la historia, y a través del logos,
Quien se revela en la
acción es el quien patentizado y mostrado mediante la palabra. El discurso pretende preservar en la memoria
el sentido del obrar. La palabra como discurso, relato, revela la pluralidad humana que es constitutiva de la
comunidad, en la que todos los
hombres son actantes, gestores, espectadores y por consiguiente llamados a
hacer su propio relato. En la
comunidad, siendo todos distintos, son también únicos y singulares, puesto que si no partiéramos de la semejanza
entre todos, los hombres no nos pudiéramos entender. Pero a la vez, si no
fuésemos distintos, no requeriríamos de la comunicación
mediada a través del lenguaje y las palabras, los signos en la que se prevé el futuro, y se guarda memoria
del pasado. (Zapata, 2006)
Por tanto la acción requiere del dialogo, de las formas activas y
libres de agencia que permitan
los intercambios intercomunícativos que moldeen y den cohesión
a la comunidad en el espacio público,
lugar donde las relaciones de pluralidad
pueden generar nuevos inicios, en un maco de libertad
explicada mediante nuestros actos y nuestra vida en la
tierra, es decir, la autora apuesta por la participación
activa del ser humano y por su influencia limitada en todo lo que acontece en el mundo. Esta participación
solo se logra si entendemos que para Arendt
es la vita activa, lo que dota de
sentido a la idea de libertad, percibiéndola
como acción, que más tarde
tendrá una fuerte carga de sentido como condición de posibilidad para la política,
así tenemos que “los hombres son seres condicionados, ya que todas las cosas
con las que entran en contacto
se convierten de inmediato en una condición
de su existencia”. (Arendt, 1993).
La condición humana requiere que hombres y mujeres estén en relación
de contigüidad, pues es bajo
su forma plural donde se puede igualar y distinguir al humano como ser único y al mismo tiempo como parte del
colectivo. Así la acción No obstante,
para que los hombres se distingan se requiere también del discurso, pues nos dice Arendt que mediante la acción “los hombres se diferencian en vez de ser meramente distintos; son los modos en
los que los seres humanos se presentan unos a
otros, no como objetos físicos, sino qua hombres” (Arendt,
1993), de esta manera la acción es sumamente importante porque tiene un fundamento ontológico: la natalidad. Así la experiencia humana se entiende a partir del límite que tiene la
vida entre el lapso de tiempo entre nacer-morir, espacio temporal en que la humanidad está condicionada a mantenerse con vida y a trabajar
para mantener sus necesidades satisfechas y en ese tránsito encontrar la
forma de organizar y darle un sentido a cada
nueva forma de ser, ante un medio social
ya constituido.
Nacer-morir es lo que mantiene la idea de natalidad como potencia de lo
político. La promesa –germen de la
natalidad- aparece en lo que Arendt
llama la curvatura de San Agustín (Arendt, 2001) lo que permite pensar
la historia como un suceso entre la
simultaneidad estable y la sucesión temporal, ya no es la vida eterna la búsqueda,
sino la vida que adviene por el nacimiento.
La natalidad
es portadora del tiempo y esté porta al nacimiento, ahí surge el inicio y el hacer, lo que potencia la agencia,
este hacer para la transformación, de eta manera para Arendt el nacimiento es un comienzo, un suceso singular
que da
fuerza
a la diferencia y a la pluralidad, siendo esto condición necesaria para ese vivir en comunidad.
Para Arendt el nacimiento como acontecimiento (primer
natalidad) biológico es una condición que implica al mundo como categoría existencial y
conceptual, es un acontecer
entre un ser y sus condiciones de existencia, lo que hace sea un nivel
pre político. Se da por entendido que
el nacimiento es un acto político porque
es una promesa de inicio de la politicidad del ser humano. Existe entonces el Principium divino, y el Initium humano, a
saber, toda natalidad siempre potencia otras
natalidades y otras acciones. El nacimiento (como capacidad humana) como acontecimiento siempre es una carrera
contra la muerte, es una facultad de iniciar
algo nuevo; todo inicio requiere dela acción Y junto a esta potencialidad la política aparece como experiencia de la libertad.
Una segunda natalidad
es el advenimiento de la política, el tránsito de zoé (fisiología) y bíos (biografía), de
la naturaleza al espíritu; es la
acción, que inaugura la historia; la acción es la libertad humana,
ya que,
“Con palabra y acto nos
insertamos en el mundo de lo humano, y esta inserción es como un segundo nacimiento, en el que
confirmamos y asumimos el hecho desnudo de nuestra original apariencia física. A dicha inserción no nos obliga la
necesidad, como lo hace la labor, ni
nos impulsa la utilidad, como es el caso del trabajo. Puede estimularse por la presencia de otros cuya compañía deseemos,
pero nunca está condicionada por ellos; su impulso
surge del comienzo, que se adentró en
el mundo cuando nacimos y al que respondemos
comenzando algo nuevo por nuestra propia iniciativa. Actuar, en su sentido más general, significa tomar una
iniciativa, comenzar (como indica la palabra griega, archein, ‘comenzar’, ‘conducir’ y finalmente ‘gobernar’), poner
algo en movimiento (que es el
significado original del agere latino). Debido a que son initium los recién llegados y principiantes, por virtud del nacimiento,
los hombres toman la iniciativa. Se aprestan a la acción. [Initium] ergo ut esset, creatus est homo, ante quem nullus
fuit (‘para que hubiera un comienzo,
fue creado el hombre, antes del cual no había nadie’) dice San Agustín…Este comienzo no es el mismo
que el del mundo, no es el comienzo de algo sino de alguien que es un principiante por sí mismo. Con la creación del hombre,
el principio del comienzo entró en el propio mundo, que,
claro está no es más que otra forma
de decir que el principio
de libertad se creó al crearse al hombre, no antes” (Arendt, 1993).
Estamos en el mundo vía la natalidad para comenzar sucesivamente, somos
historia hecha cuerpo y disposición
plural a lo nuevo, a las transformaciones; historia y pluralidad son relacionales en tanto “con
cada nacimiento, algo singularmente nuevo entra en el mundo” (Arendt, 1993), así la filosofía
que despliega Arendt es singular, concreta, plural, radical, de esta manera es posible tematizar a cada humano como
único e irrepetible versus la homogenización de las filosofías singulares.
Una tercera natalidad se da vía el espíritu, el pensamiento
y la capacidad narrativa, pues Arendt
señala “Si la
acción como comienzo corresponde al hecho de nacer, si es la realización de la condición humana de la
natalidad, entonces el discurso corresponde al
hecho de la distinción, y es la realización de la condición humana de la pluralidad, es decir, de vivir como ser distinto
y único entre iguales” (Arendt, 1993), entonces cuestionare es en sí otra natalidad, la suerte biográfica de
cada individuo, con la que se es
capaz de dar sentido a la vida. Centrar
la importancia de la natalidad dentro
de la reflexión de la filosofía política, retorna a lo humano a la capacidad de tejer la acción y la pluralidad en cada
promesa de inicio, así la natalidad para Arendt es vista
“…no como experimentación biológica, sino como experiencia suprema del sentido
renovable. Mujer sin hijos, Arendt nos lega una versión
moderna de la adhesión judeocristiana al amor a la vida con su
cántico repetido del “milagro del nacimiento”, en el cuál se conjugan el azar del comienzo y la libertad de los
hombres para amarse, pensar y juzgar”
(Kristeva, 2000)
El nacimiento es el amor al hijo quien en términos
simbólicos representa al otro, no es una unicidad,
sino una promesa devuelta al mundo. Si bien es un acto de amor, para Arendt, este no es un acto político, pues el amor
es visto como un acto apolítico y antipolítico, por estar ensimismado y poco preocupado por el mundo. El aliciente
que tiene el amor de incidir en el
mundo es la devolución que hace vía la natalidad, pues es una capacidad de crear mundo, de generar un nuevo comienzo,
de dar un otro en un acto amoroso hacia el mundo que se está vivenciando.
Sin ser feminista Hanna Arendt pone en el centro del debate
la importancia de las mujeres en el
mundo político contemporáneo; si bien la maternidad es vista por un amplio
sector del feminismo como un acto más
de opresión y control del cuerpo y la vida de las mujeres dentro de un mundo andrárquico
heteronormativo, la concepción de la natalidad en Arendt abre una posibilidad de crear un mundo teniendo a las mujeres
como parte activa en ese devenir de
una promesa que ayude a evitar la catástrofe de un mundo cada vez más sumido en una crisis política que amenaza
al conjunto de la vida; la maternidad
es desde Arendt como un acto político y una reapropiación del cuerpo.
Si regresamos a la pregunta sobre ¿Qué
es la vida? La respuesta desde la filosofía política de Arendt, lo tenemos
que entender como un acto de afinidad amorosa
con otro, una forma de crear comunidad, una forma de crear sentido. Es la base de lo humano. El amor de las mujeres-madres siempre va
en dirección de la vida plural, hacia
dar un sentido a la vida, una politización que transforma al otro a través de la acción,
una especie amor mundi, amor y preocupación por el mundo.
“En estos repliegues
psíquicos del amor materno brillan aún los resplandores últimos de lo sagrado que el homo religiosus logra
transmitir al homo laborans, el cual, no obstante, lo devora cada vez más” (Kristeva, 2000),
así la natalidad se presenta
como una resistencia frente a la colonización del
mundo por la racionalidad instrumental, en esta
tensión de la experiencia religiosa y la constitución del orden laborans se encuentra
el sentido de la vida como natalidad.
Bajo este paraguas la categoría amor
mundi, hace posible a la natalidad, su lugar está centrado en la fe y la esperanza como
características ligadas a la existencia humana.
Así la esperanza se entiende como potencia de nuevos principios. El amor por el mundo lleva consigo la promesa
de un renacer en pluralidad, en la acción, la cual no es determinada ni
planificada. La promesa, es entonces un plus,
una potencia, una condición de lo inesperado
“El
hecho de que el hombre sea capaz de acción significa que cabe esperarse de él
lo inesperado (…) esto es posible
debido a que cada hombre es único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo
(…) Si la acción como comienzo corresponde al hecho de nacer, si es la realización de la condición
humana de
la natalidad, entonces el
discurso corresponde al hecho de la distinción y es la condición humana de
la pluralidad, es decir, como ser distinto
y único entre iguales” (Arendt, 1993)
En Arendt la concreción conceptual, se niega a la generalización y en su lugar hay una vuelta al anclaje de lo plural,
concebido como unicidad distinta en un mundo
de iguales, así acción y logos permiten a la singularidad mostrarse a otros como unidad:
“Acción y discurso están
tan estrechamente relacionados debido a que el acto primordial y específicamente humano debe contener al
mismo tiempo la respuesta a la pregunta planteada
a todo recién llegado: ¿Quién eres tú? Este descubrimiento de quién es alguien está implícito tanto en sus palabras
como en sus actos” (…) sin el acompañamiento del discurso la acción no sólo perdería su carácter revelador, sino
también su sujeto (…) La acción sin
discurso ya no sería acción porque no habría actor, y este, el agente de los hechos,
sólo es posible si al mismo tiempo
pronuncia palabras” (Arendt, 1993).
Así el actor es un quien develado humanamente a través de la
palabra, de la reflexión, sobre sí
mismo, del discurso. La palabra es entonces lo que se dice y se hace (logos
y acción), un acontecimiento sobre el mundo de lo humano,
plural y reconocido y comunicado.
Arendt enuncia en relación a la
acción y al discurso, una diferencia
central en su obra: la del “quién” versus el “qué”, y que tiene que ver
también con su elaboración de la distinción del mundo de lo social y el de lo político. “El descubrimiento de “quién”
en contradistinción al “qué” es
alguien – sus cualidades, dotes,
talento y defectos que exhibe u oculta-, está presente en todo lo que ese alguien dice y hace. Sólo puede
ocultarse en completo silencio y completa pasividad” (Arendt, 1993)
El “quién” es presentado en la acción y el discurso, condición de revelación de
la pluralidad de lo humano. El “qué”
trabaja en el orden de las generalizaciones, que al organizar el mundo nublan su pluralidad. En Arendt observamos
que lo social es una manera de
homogenizar, lo político por tanto es una forma de particularizar; lo social es la esfera de la satisfacción de
necesidades de acuerdo a la tradición griega
a la que ella se adscribe, es el orden del mundo privado (el hogar, oikia), mientras que acción (praxis) va a ser referencia al mundo de la polis,
el mundo
visible
donde lo humano se encuentra en condiciones de igualdad en el debate público. Para Arendt lo social alcana su
culminación en al época donde se ha alcanzado
el dominio público. Lo socizal prescribe,
normativiza, regula, excluye a lo espontaneo; así la distinción entre lo
social y lo político es una manera de criticar
a ese mundo político dominado por una instrumentalidad economicista, donde la relación medio-fin es lo dominante.
Acción y discurso son las condiciones del mundo de lo humano,
que inciden en el mundo de lo social.
Así el “quién”, acción y discurso que descubre al agente, al sujeto, aparece en el mundo. Y, dice
Arendt, lo hace mejor cuando: “Esta
cualidad reveladora del discurso y de
la acción pasa a primer plano cuando las personas están con otras, ni a favor ni en contra, es
decir, en pura contigüidad humana” (Arendt, 1993). Arendt llama al mundo del “qué” de la sobrevivencia de
la especie, el mundo que sucumbe al colonización del mudo por la
instrumentalidad económica, pues es un mundo operativo, homogenizador. Un mundo claro ante los demás, pero oculto a la propia persona “como el
daimön de la religión griega que acompañaba a todo hombre a lo largo de su vida, siempre mirando
desde atrás por encima del hombro del ser humano y por lo tanto visible
a los que éste encontraba de frente” (Arendt,
1993), así el “quien” se revela
a los otros como condición del hombre común:
“Aunque nadie sabe a quién
devela cuando uno se descubre a sí mismo en la
acción o la palabra, voluntariamente se ha de correr el riesgo de la
revelación, y esto no pueden asumirlo ni el hacedor de buenas obras,
que debe ocultar su yo y permanecer en el anonimato,
ni el delincuente, que ha de esconderse de los demás. Los dos son figuras solitarias, uno a favor y otro en contra
de todos los hombres, por lo tanto, permanecen
fuera del intercambio humano y políticamente son figuras marginales que
suelen entrar en escena en período de corrupción, desintegración
y bancarrota política” (Arendt, 1993).
Siguiendo
a Arendt, el “quien” es contigüidad con los otros como relación de intercambio
humano, del hombre que está en relación con los otros, y no una relación de marginalidad que puede hablar
a favor o en contra de esos otros. Así en
Arendt aparece el espacio público como esfera donde la humanidad interactúa unos con otros y no unos contra
otros, es una relación de contigüidad y de entendimiento común.
La
categoría de acción evita el aislamiento del
mundo humano, pues dice Arendt “estar aislado es lo mismo que carecer de la
capacidad de actuar” (Arendt, 1993), de esta manera se entiende que está siempre
ocurre bajo una noción de comunidad. Esto dota
a cada humano de agencia, que se revela en las acciones y palabras, y estas últimas pueden ser usadas por los
discursos organizadores y hegemonizadores de
la pluralidad de lo humano, de esta manera lo político se entiende como
condición humana de pluralidad humana
centrada en el “quien”.
Sostener
el interés en el tema de la natalidad
como potencial político, es un posicionamiento frente a la catástrofe
social, política y ecológica que hoy vivimos, y la lectura de Arendt en la condición humana abre una
posibilidad de transformar, renovar y
ampliar la vida. El amor al otro, deja de lado el amor ensimismado, misantrópico, apolítico y en su reverso
nos pone frente a la potencialidad humana, la
del intercambio dialógico, de la
comunidad política a través de la
acción. El amor al mundo en el que
hemos nacido es un amor al otro, quien es igual de finito. La condición humana requiere de un
sentimiento de humildad ante la muerte y es esta
actitud, de reconocimiento concreto, lo que permite valorar y conocer los significados de la natalidad.
Trabajos citados
Arendt, H. (1993).
La condición Humana.
Barcelona: Paidós.
Arendt, H. (2001).
El concepto de amor en San Agustín.
Madrid: Ediciones Encuentro. Kristeva, J. (2000). El genio femenino.1. Hanna Arendt. Buenos Aires: paidos.
Zapata, G. (2006). La condición política en Hanna
Arendt. 2, 505-524.
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